Caminamos, vamos caminando mientras ella empuja el carro de Rodrigo. El se entretiene con el ir y venir de coches que no ha visto nunca, de gente que no conoce ... y llama a su madre cada dos por tres. De vez en cuando muestra cuán contento está agitando fuerte los brazos, se le arruga esa naricilla que tiene y los ojos le brillan, con luz de infancia ... aún no pide golosinas ni se encapricha con los juguetes que cuelgan abrigados con plásticos por la lluvia de los puestos del paseo. Entramos en un bar, en las paredes hay una pintura de gente haciendo una fiesta. Un hombre negro toca el piano ... a Rodrigo le llama exageradamente la atención y le llama, le digo que su nombre es Juan, y él,intenta con su cuarto de lengua pronunciar las palabras que yo le repito entre risas.
Estar jodidamente sensible, me hace recordar lo que ha pasado hace un rato con un nudo en la garganta ... me emocionan esos momentos cotidianos que sólo son eventuales para mi, anclada en este puto sitio, harta y harta de todo. Porque si cojo la vida, la vomito ... no me colma, maldita sea, esta sucesión maldita de días y noches ...