Ya entonces habían perdido el poder de darse una caricia. Justo cuando a Estela empezó a ponerle cachonda la imaginable verga de pinocho … En ese momento en el que los charcos de lejía en agua empapaban los bajos de sus pantalones nuevos. Echaban los últimos cubos de agua desde las puertas de los últimos bares. Y los bancos, ya vacíos y las calles ya silenciosas, mientras Estela asimila el azote de desilusión que le dio Carlos esta mañana. Y no puede parar de recordar la primera vez, cuando ella aún dormitaba en las sabanas mal lavadas de Carlos, hace quince años, en el antiguo piso de la C/ La bomba, en el tercero A, mientras él fumaba en el sillón verde. Desnudo, conforme de ser quien era … Entonces era cuando follar con Carlos no le hacía pensar en la verga de pinocho … Pensaba siempre en esa primera vez desde que Carlos le habló de ese modo esta mañana. Ya no la quiere, eso lo sabe, ya hacen treinta y dos noches que no hacen el amor … quizá haga treinta dos meses que se odian …
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